Alim en Altoviento, 2ª parte
Me quedé arrodillado, conteniendo las ganas de vomitar a duras penas. Las piernas se negaban a ponerme en pie, y así pasé... no sé cuánto tiempo. Sentí como si la misión de Lord Fabrizio fuese clavar un clavo, y hubiéramos puesto en sus manos un catalejo como herramienta, cuando lo que necesitaba era un martillo o una maza, como Enyra o Drake. ¿Qué podía hacer yo?De repente me di cuenta de que había oscurecido, así que debían de haber transcurrido horas, aunque no me parecía posible. Finalmente junté las fuerzas suficientes para ponerme en pie y caminar hasta el final de la galería, donde una puerta daba acceso a un balcón, y entonces lo entendí: no estaba anocheciendo, pero se había levantado un viento tempestuoso, y el cielo estaba cubierto de nubes de plomo.
A mis pies se extendía un patio alargado, a cuyos lados se situaban decenas y decenas (¿tal vez cientos?) de caballerizas. No me habían impresionado los caballos que había visto en las cuadras donde nos alojábamos, pero ahora entendía que aquellos eran los rocines de labor, y aquí es donde vivían los famosos corceles de Idum Dael, que prestaban su elegancia al blasón de los Buelhorn. Algunos sirvientes estaban encendiendo lámparas en algo menos de la mitad de las caballerizas, supongo que para que los caballos no se asustasen de la tormenta. Y así comprendí que los Buelhorn habían perdido más de la mitad de sus caballos en la reciente guerra. Seguro que tampoco estaban contentos con semejante desastre. Pero cuando alcé más la vista, hasta el final del enorme patio, tuve que restregar mis ojos; no podía creerlo. ¿No era eso un...? ¡Increíble! Una cosa estaba clara: los Buelhorn no tienen dinero. NADAN en él. Mis maquinaciones con los Leone nos habían creado un enemigo muy poderoso...
Había llegado el momento de rehacerse, crear uno de mis infalibles planes, y salir de aquí. Hice una lista mental de lo que necesitábamos, de cómo y cuándo lo necesitábamos, y de lo que teníamos. La verdad es que la cosa no invitaba al optimismo.
Me dirigí con presteza a nuestros aposentos (las cuadras), cruzando el patio principal bajo la inclemente lluvia (que había tenido el efecto positivo de despejar la zona de seres vivientes), y busqué a Walais, Maestro de las Llaves de Piedrahundida, el principal de entre los sirvientes de mi padre. Le conté lo que había sucedido en la sala del trono, y le expliqué mi plan a grandes rasgos.
—Walais, necesito que consigas esta noche, antes del amanecer, una carreta grande con caballos, ropas de labriegos, lonas y aperos de labranza.
—Entendido, joven señor —asintió sin dudar.
Mi plan era sencillo. Me hubiera gustado usar el viejo truco de la carreta de heno, pero no tendría sentido una carreta llena de heno abandonando el castillo, y menos en primavera. Así que mi idea era salir disfrazados de campesinos, con los aperos de labranza, como si fuésemos a hacer tareas labriegas. Mientras tanto, seguí inspeccionando el castillo, averiguando toda su estructura, las localizaciones de las estancias, etc. En uno de mis paseos de reconocimiento, una agradable voz a mi espalda me sorprendió:
—As salaam alaikum!
—Wa alai... kum... salaam. Mierda. —respondí instintivamente, antes de darme cuenta de la trampa. Me di la vuelta, y allí estaba la joven Uragana, con cara divertida.
—Tú eres el ujibo, el que adoptó Lord Fabrizio, ¿verdad?
—Mi señora, yo no...
—Hagamos un trato, ujibo. Tú no insultas mi inteligencia, y yo no grito «¡socorro, intentan forzarme!» —dijo, sin dejar de sonreír. Estaba claro quién tenía la sartén por el mango...
—A vuestro servicio, mi señora. Soy Alim de Mostaganem. Y vos debéis de ser la famosa Uragana Buelhorn —respondí, esperando que el reconocimiento me granjease alguna simpatía.
—Sí, soy Uragana. Aunque no creo que te haya sido difícil saberlo. No es que los pelirrojos abunden por esta parte del imperio... Llevo algunas horas viéndoos ir y venir, maese Alim; lo suficiente para comprender que estáis tramando algo.
—Mi señora, no deseamos causar ningún mal a nadie. Sólo deseamos salir de aquí —confesé. Probablemente lo mejor era ser sincero.
Uragana se quedó pensativa unos instantes, y por fin asintió.
—Si sólo deseas salir de aquí, necesitarás ayuda. Y yo puedo prestártela, ujibo. A cambio de que me llevéis con vosotros —propuso, sin más rodeos. Todo en su postura era un desafío.
—¿Qu... quééé? —balbuceé— Mi señora, las cosas ya están bastante complicadas de por sí como para que nos acusen además de secuestro. Además, sois demasiado j...
—¡Como te atrevas a hacer alguna referencia a mi edad o a mi sexo, te aseguro que no vivirás para ver el amanecer! —me interrumpió con furia—. En realidad no tienes elección, ujibo. Deja de perder el tiempo, cuéntame lo que planeas, y veré la forma de ayudarte.
En fin, la cosa estaba lo bastante difícil como para rechazar una posible ayuda. Y ella tenía razón: o participaba en nuestra conspiración, o daba la alarma y todo se habría acabado antes de empezar... Le di algunas instrucciones, y continué mi tarea de reconocimiento.
Ya de madrugada, a la hora cuarta, nos encontramos ante la cocina. Ella se había hecho con las llaves (lo cual me ahorraba un problema serio), y abrió la puerta. Entramos, y mientras ella preparaba una bebida caliente, yo corté dos hermosas rebanadas de hogaza, que unté con mantequilla y miel. Después machaqué unas cuantas semillas rojas, y mezclé el polvo con la mantequilla y la miel. La verdad es que el aroma era bastante apetitoso. Puse todo en una bandeja, y me dirigí a los calabozos. Entré directamente hasta donde estaban los dos guardias cumpliendo su turno de vigilancia, y les ofrecí el tentempié:
—Nuestro señor Josah me ha ordenado traeros esto, porque al parecer tenemos prisioneros muy importantes, y considera indispensable que os mantengáis alerta y con fuerzas —ofrecí de la manera más servil posible.
—¡Gracias, chico! —respondieron los guardias, que se lanzaron a devorar las rebanadas untadas sin dilación y sin muchos modales, todo hay que decirlo.
Me retiré, porque sabía que las semillas lodosas tardarían en hacer efecto. Volví al cabo de una hora, para encontrarme a los guardias adormilados y con cara de felicidad. Cogí las llaves y busqué rápidamente las celdas de nuestros guardias y de Lord Fabrizio. Instruí a los guardias para que se hiciesen con sus armas (que estaban allí mismo, en un armario), saliesen fuera, se vistiesen con las ropas de labriego conseguidas por Walais, y nos esperasen en la carreta con los aperos. También les indiqué que pusiesen sus armas bajo una lona, mezcladas con los aperos de labranza, pero procurando que sólo los aperos asomasen un poco. Después me dirigí a mi padre:
—¡Padre, padre! ¡Soy yo, Alim! ¡Tenemos que irnos!
—Alim... Alim... —balbuceó en respuesta. El dolor de la amputación y la cauterización hacían una mella terrible en su ánimo, y el agotamiento no ayudaba.
Así que le di una buena ración de semillas rojas y negras, esperando no pasarme. Cuando ya íbamos a salir, mi padre me dijo «tenemos que llevárnosla con nosotros». Yo no entendía cómo podía saber lo de Uragana, pero le respondí:
—No os preocupéis, padre. La pelirroja viene con nosotros.
—¿Peli... pelirroja? No, me refiero a ella —contestó, volviéndose y señalando a la celda contigua a la suya.
—¿Tienen aquí una mujer, esos perros? —interrogué, incrédulo.
—Bueno, depende de cómo definas «mujer».
Me acerqué a la celda, y vi un cuerpo cubierto de mantas. Era bastante grande para ser una mujer. De hecho era también bastante grande para ser un hombre. Abrí la celda, me acerqué con cautela, y levanté las mantas. Nunca había visto algo así, pero al menos sabía qué era lo que estaba viendo, aunque sólo fuese de oídas.
—¡Un dracónido!
—Una «dracónida», muchacho. Ten un poco de respeto si no quieres que te arranque la cabeza de un mordisco —bravuconeó. ¿O quizá no?
Llevaba uniforme militar de alto rango, así que no me costó adivinar quién era.
—¡Sois Nêcraxia, la gran General!
—Bravo, chico. Ahora, ¿vas a ayudarme a salir de aquí?
Se encontaba bastante débil. No había que ser un experto para ver las huellas de la tortura infligidas por todo su cuerpo. Yo ayudaba a mi padre a caminar hacia la salida, y él ayudaba a la dracónida. Debíamos de ser un espectáculo curioso, porque los guardias del calabozo no pudieron evitar reírse flojamente, en medio de su estupor babeante.
Bien, esto era un problema. Una carreta de labriegos podía pasar las puertas sin levantar muchas sospechas. Pero una carreta de labriegos con una dracónida... Necesitaríamos drogar o matar a los guardias, y el tiempo se nos acababa, porque el amanecer se acercaba. Y entre tanto, la tormenta no daba la menor señal de amainar.
—¡Alarma, alarma! —Oí gritar. Una ronda de guardias nos había visto saliendo de los calabozos, y aunque quizá no viesen una situación muy clara, lo que sí veían con claridad era a la dracónida. Los acontecimientos se precipitaban, y nuestras posibilidades de escapar cada vez se estrechaban más.
—Olvídate de la carreta —me gritó mientras se acercaba, en medio de la ensordecedora lluvia, Uragana. Casi no la reconocí, con su pelo teñido de negro, como le había indicado que hiciese—. Los guardias la han visto y se la han llevado. Vuestros guardias están ocultos en esos soportales.
—Mierda mierda mierd...
—Usas mucho esa palabra, ¿no? —Me dijo, casi riendo. Para ella esto era un juego, una aventura.
—Piensa, Alim, piensa. Pien... ¡Uh...! —recordé de repente lo que había visto en el patio de aquellos preciosos corceles— Eh... Uragana, ¿cómo podemos llegar al patio de caballerizas?
—¿Estás loco? ¡No podemos robar caballos! Bueno, sí podemos, pero tendremos el mismo problema ante las puertas.
—No te preocupes, llévanos allí. Como dice mi padre en momentos así, «fortuna audaces iuvat», que en lengua antigua quiere decir «hay que echarle huevos», o algo así.
Y así Uragana nos guio hacia el patio de caballerizas. Nêcraxia, mi padre y yo sosteniéndonos entre nosotros, Uragana delante, y nuestros nueve guardias detrás. Llegamos al patio, y Uragana me vio dirigir la mirada a aquella impresionante sombra del fondo. «¡Estás loco!» gritó, pero al mismo tiempo sonreía. Corrimos hacia allí, atravesando el patio a la carrera. O tan «a la carrera» como podíamos. Nos acercamos a la tarima, y dos guardias salieron de sendas garitas que guardaban las escaleras de acceso. Los guardias gritaron «¡Alarma, alarma!», pero el estruendo del viento y la lluvia, mucho más fuertes que en el patio interior, ahogaba sus gritos. Nuestros guardias se deshicieron de ellos rápidamente. Subimos a la tarima mientras un rayo iluminaba durante un fugaz instante el magnífico (aunque pequeño) dirigible, y nos dispusimos a abordarlo. Se trataba de un modelo de aire deportivo, el equivalente a un pequeño barco de recreo.
—No puede llevar más de ocho personas, pero contando a la dracónida, creo que siete será el máximo —gritó Uragana a mi oído—. ¡De todas formas esto es una locura, subirse a un dirigible con una tormenta semejante! —Pero seguía sonriendo.
—¡Sí! ¡Si tuviéramos otra opción, esto ni se me pasaría por la cabeza!
Y así, nos subimos mi padre, Uragana, la dracónida y yo, más tres de los guardias, que ellos mismos eligieron.
—Los demás, dejad las armas y volved a vuestros calabozos. Sería absurdo combatir aquí y ahora. Es mejor que viváis para combatir cuando realmente tenga sentido.
Dicho esto, soltaron las amarras, abrí las válvulas de los tanques de gas para llenar bien el dirigible, y este empezó a elevarse, sacudido por el inclemente viento. Ya estábamos a salvo, al menos de los Buelhorn, aunque a merced de la tormenta. Era imperativo poner el motor en marcha, para poder controlar, dentro de lo que nos permitieran los fuertes vientos, nuestro rumbo. Mi padre se encontraba de mucho mejor humor, riendo y canturreando, desafiando embriagado a la tempestad.