Llega la noche, el momento que más temo de la jornada, desde hace ya una temporada que se me está haciendo larguísima. Me llevo una botella llena de «café» de vainas lodosas negras, para no dormirme. De nuevo. Pero cada noche me cuesta más, se me hace más larga, y la bebida de vainas es, cada vez, menos efectiva. De momento, lo compenso tomando más...
Cuando llego a mi habitación me encuentro otra nota con un mensaje críptico. También ésta flota en el aire. Me acerco para leerla, y dice «Sírveme y volverás a tenerlo todo». Tengo la certeza de que es de Mogg-Shattoth, como las otras. Pero ya he ido corriendo dos veces a
Leezar y
Abelio para enseñarles las notas, y cuando se las voy a mostrar, desaparecen. Sus miradas de desconcierto no me han animado a repetir: no quiero hacer más el ridículo, o empezarán a pensar que me he vuelto loco... Cojo la nota y... ¡Oh, ya no está...! ¡Ah, ahí está, junto a la cama! Me acerco, pero el texto ha cambiado: «Elimina todo el Oro Viejo, y tú serás el Oro Nuevo». Tardo cerca de un minuto en entender las palabras y comprender el mensaje, por la depravación de sueño. Sonrío sardónicamente ante la escasa sutileza del demonio. Pero la idea cruza por mi mente: «¿Qué pasaría si...?» Inmediatamente sacudo la cabeza y me sirvo un buen vaso de «café».
Me acerco a la mesa donde tengo los libros que he ido recopilando sobre la fe ylathiana, para seguir estudiando, pero no me engaño: en la última semana no he pasado ni una página. La desesperación se empieza a apoderar de mí. Tiro de un manotazo los libros al suelo, y voy a gritar cuando, inesperadamente, alguien llama a la puerta. No, son trucos de mi imaginación. Me levanto y... ¡Otra vez llaman a la puerta! No me engaño. Me acerco y abro.
—¡Hola! —me saluda una
Uragana que no reconozco. A pesar del cansancio, admito que ese vestido negro... ¿De dónde lo habrá sacado? ¿Y el maquillaje? ¡Y ese pelo rojo, que tanto me llamó la atención la primera vez!
Se aprovecha de mi falta de reacción, me empuja dentro de mi propia habitación, entra detrás de mí, y cierra la puerta. Con el pestillo. No entiendo qué...
—¿Tienes algo de beber? —me dice con voz de niñata haciéndose la mayor—. Bueno, no importa. Yo he traído algo.
Y me muestra la botella de licor. Es una botella cara. La chica tiene recursos, todo hay que decirlo. Antes de poder reaccionar, ya tengo una copa en mi mano. Sin ser consciente de ello, bebo. Luego me pregunto por qué estoy bebiendo. Después veo a Uragana de nuevo, y me pregunto qué está haciendo aquí. Pero la bebida me reconforta. Otro sorbo, y mis preocupaciones y dudas se van disipando. De repente mi mente ya no está preocupada por mis sueños inquietos, ni por las notas, ni por demonios, ni... Me siento un poco como el Alim de siempre. Pero dura poco. Ahora veo a Uragana a mi lado y está... diferente. Está tremendamente incitadora. Se mueve con voluptuosidad felina, y me fijo en sus... bueno, intento mirarle a los ojos, pero no puedo. Algo le pasa a mi cuello, y no puedo mirar tan arriba. Ella se ríe. Está mirando a mi pantalón, donde mi
qadib también se ha despertado, ostentosamente, de su letargo de semanas.
No intento pensar más. Sé lo que quiero, y no sé si... Todo me da igual: sé lo que quiero, y Uragana me anima. Su mano se introduce dentro de mi pantalón, agarra mi
qadib, y lo acaricia con una suave risa desconcertante. Me tumba en el sofá, se sienta a horcajadas sobre mí, y sigue contoneándose con un ritmo que me está haciendo enloquecer. Pero de otra manera. Se quita el vestido por arriba, dejando al desnudo dos pechos de marfil, con dos botones de rosa erklandesa. No son tan pequeños como yo creía, pero de una turgencia desafiante. Se agacha sobre mí para que los bese, y jugueteo con ellos. Ella gime. Mi
qadib va a estallar. Abre mi pantalón de un fuerte tirón, liberándolo, y se sienta sobre él con un movimiento increíblemente diestro. Antes de poder parpadear, estoy
dentro de ella. Gime de nuevo.
No puedo hacer casi nada. El funcionamiento de mi cuerpo no depende de mi mente. Ella se mueve, en un sentido y otro, me hace una especie de danza del vientre, pero sin soltar mi
qadib que, por otra parte, se encuentra en la gloria, envuelto en un calor nunca sentido, en una humedad deliciosa. Su danza me enloquece. Intento recomponerme y tomar la iniciativa. O, al menos, algo de iniciativa. Algo en mi mente me dice que la aparte, pero mi mente no pinta nada en todo esto: mi cuerpo no me obedece. Ella —voluptuosa, sensual, ardiente— gime y se ríe por momentos. Se mueve de una forma incomprensible para mí. No sé si es el licor, o el «café» o simplemente que mi cabeza está demasiado aturdida para registrar su postura... Llegamos al momento en que nada importa: ella se convulsiona de una manera animal, salvaje, y me arrastra con ella. Mi
almani se vierte dentro de ella, con una fuerza que me parece descomunal. Su gemido resuena por toda Piedrahundida, o eso me parece. Me quedo sin fuerzas. Me abraza, acerca su boca a mi oído, me lame la oreja, y me susurra:
—Gracias, Alim. Nunca había yacido con un möro—. El tono es dulce y sensual; no suena insultante, pero sus palabras me dan la impresión de alguien que está tachando un ítem de una lista.
Mientras yo sigo yaciendo donde me ha dejado, incapaz de moverme, ella recoge su vestido con presteza y se va. Pero desde la puerta entreabierta, se da la vuelta, me guiña un ojo, y me dice, casi en un susurro:
—Hasta mañana, Oro Nuevo.
...
Por primera vez en no sé cuántos días, duermo una noche entera, del tirón, sin sueños. No me despierto hasta primera hora de la tarde siguiente...